Libreto | Solemne Consagración del Altar y Dedicación de la Catedral

 


SANTA MISA SOLEMNE
RITO DE CONSAGRACIÓN DEL ALTAR Y DEDICACIÓN
DE LA CATEDRAL DE 
NUESTRA SEÑORA DE LOS ÁNGELES

Preside: S. Em. Mons. Luis Cardenal Gambetti

07 Julio 2026


RITOS INICIALES

Precedidos por el crucífero, el obispo y los presbíteros concelebrantes, los diáconos y ministros, revestidos con sus respectivas vestiduras litúrgicas, se acercan a la puerta de la iglesia, donde está reunido el pueblo. Conviene que la iglesia esté cerrada y que el obispo, los concelebrantes, los diáconos y ministros lleguen a ella desde fuera. El obispo deja el báculo, se quita la mitra y saluda al pueblo con estas u otras palabras tomadas preferentemente de la sagrada Escritura:

La gracia y la paz estén con todos ustedes, en la santa Iglesia de Dios.

El pueblo contesta:

Y con tu espíritu.

Luego, el obispo se dirige al pueblo con estas u otras palabras parecidas:

Llenos de alegría, queridos hermanos, nos hemos reunido para dedicar una nueva iglesia, con la celebración del sacrificio del Señor.

Participemos activamente, oigamos con fe la palabra de Dios, para que nuestra comunidad, renacida en la misma fuente bautismal y alimentad en la misma mesa, crezca para formar un templo espiritual y, reunida junto al mismo altar, aumente su amor cristiano.

Entonces, el obispo recibe el báculo e invita al pueblo a entrar en la iglesia, con estas u otras palabras parecidas:

Entren por las puertas del Señor con acción de gracias, por sus atrios con himnos.


Canto de entrada.


El obispo, sin besar el altar, va a la cátedra; los presbíteros concelebrantes, los diáconos y ministros van a sus puestos en el presbiterio. Las reliquias de los santos se colocan en un sitio adecuado del presbiterio, en medio de antorchas.

Terminado el rito de entrada, el obispo bendice el agua para rociar al pueblo en señal de penitencia y en recuerdo del bautismo, y para purificar el nuevo altar. Los ministros llevan el agua al obispo, que está de pie en la cátedra. El obispo invita a todos a orar con estas u otras palabras parecidas:

Queridos hermanos, al dedicar a Dios nuestro Señor esta casa, supliquémosle que bendiga esta agua, creatura suya, con la cual seremos rociados, en señal de penitencia y en recuerdo del bautismo, y con la cual se purificarán los muros y el nuevo altar. Que el mismo Señor nos ayude con su gracia, para que, dóciles al Espíritu Santo que hemos recibido, permanezcamos fieles en su Iglesia.

Y todos oran, por unos instantes, en silencio. Luego, el obispo continúa:

Dios, Padre nuestro, fuente de luz y de vida, que tanto amas a los hombres, que no sólo los alimentas con solicitud paternal, sino que los purificas del pecado con el rocío de la caridad y los guías constantemente hacia Cristo, su Cabeza; y así has querido, en tu designio misericordioso, que los pecadores, al sumergirse en el baño bautismal, mueran con Cristo y resuciten inocentes, sean hechos miembros suyos y coherederos del premio eterno; santifica con tu bendición esta agua, creatura tuya, para que, rociada sobre nosotros y sobre los muros de esta iglesia sea señal del bautismo, por el cual, lavados en Cristo, llegamos a ser templos de tu Espíritu; concédenos a nosotros y a cuantos en esta iglesia celebrarán los divinos misterios llegar a la celestial Jerusalén. Por Jesucristo nuestro Señor.

R/ Amén.

El obispo, acompañado por los diáconos, rocía con agua bendita al pueblo y los muros de la iglesia, pasando por la nave de la misma; de regreso al presbiterio, rocía el altar. Mientras tanto, se canta una de las antífonas

Antífona Aspersión de Agua.


Después de la aspersión, el obispo regresa a la cátedra y, terminado el canto, dice, de pie, con las manos juntas:

Dios, Padre de misericordia, esté presente en esta casa de oración y, con la gracia del Espíritu Santo, purifique a quienes somos templo vivo para su gloria.

R/ Amén.


Gloria.


Oración Colecta

Dios todopoderoso y eterno,

derrama tu gracia sobre este lugar

y socorre con tu auxilio a cuantos te invocan,

para que la eficacia salvadora de tu palabra

y de los sacramentos

confirme el corazón de tus fíeles.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,

que contigo vive y reina

en la unidad del Espíritu Santo y es Dios

por los siglos de los siglos.

R/ Amén.


Liturgia de la Palabra

El obispo, de pie y con la mitra puesta, toma el leccionario, lo muestra al pueblo y dice:

Resuene siempre en esta casa la palabra de Dios, para que conozcan el misterio de Cristo y se realice nuestra salvación dentro de la Iglesia.

R/ Amén.


Primera Lectura

Lectura del primer libro de los Reyes                                                          8, 22-23. 27-30

En aquellos días Salomón, en pie ante el altar del Señor, en presencia de toda la asamblea de Israel, extendió las manos al cielo y dijo: —«¡Señor, Dios de Israel! Ni arriba en el cielo ni abajo en la tierra hay un Dios como tú, fiel a la alianza con sus vasallos, si caminan de todo corazón en tu presencia.

Aunque, ¿es posible que Dios habite en la tierra? Si no cabes en el cielo y lo más alto del cielo, ¡Cuánto menos en este templo que he construido!

Vuelve tu rostro a la oración y suplica de tu siervo. Señor, Dios mío, escucha el clamor y la oración que te hoy dirige tu siervo. Día y noche estén tus ojos abiertos sobre este templo, sobre el sitio donde quisiste que residiera tu nombre. ¡Escucha la oración que tu siervo te dirige en este sitio!; escucha tú, desde tu morada del cielo, y perdona».

Palabra de Dios.


Salmo Responsorial                                                                              Salmo 121

R/ Vayamos con alegría al encuentro del Señor.

Qué alegría sentí cuando me dijeron:                                                                   

“Vayamos a la casa del Señor”.                                                                                         

 Y hoy estamos aquí, Jerusalén,                                                                             

 jubilosos delante de sus puertas. R/


 A ti Jerusalén suben las tribus,                                                                                         

las tribus del Señor,                                                                                                     

según lo que a Israel se le ordenado                                                                              

para alabar el nombre del Señor. R/


Por el amor que tengo                                                                                                          

a mis hermanos, voy a decir:                                                                                          

"La paz sea contigo”.                                                                                                         

Y por la casa del Señor, mi Dios,                                                                               

pondré para ti todos los bienes. R/


Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios                                        2, 19-22

Hermanos:

Por lo tanto, ustedes ya no son extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Ustedes están edificados sobre los apóstoles y los profetas, que son los cimientos, mientras que la piedra angular es el mismo Jesucristo. En él, todo el edificio, bien trabado, va creciendo para constituir un templo santo en el Señor.

En él, también ustedes son incorporados al edificio, para llegar a ser una morada de Dios en el Espíritu.

Palabra de Dios


Aclamación antes del Evangelio                                                           Mc 1,15

Aleluya, aleluya.

Alégrate oh Madre, porque después de sufrir; te ves rodeada de gloria, como Reina del Universo, al lado de tu Hijo.

Aleluya, aleluya. 


Evangelio

  Proclamación del Santo Evangelio según San Juan                                      10, 22 30

Se celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación del templo. Era invierno, y Jesús se paseaba en el templo por el pórtico de Salomón. Los judíos, rodeándolo, le preguntaban: —«¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente».

Jesús les respondió: —«Se los he dicho, y no creen; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ésas dan testimonio de mí. Pero ustedes no creen, porque no son ovejas mías. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno».

Palabra del Señor.


Homilía

Profesión de fe.


Oración de Dedicación y Unciones

El obispo invita al pueblo a orar, con estas u otras palabras parecidas:

Oremos, queridos hermanos, a Dios Padre todopoderoso, quien de los corazones de los fieles ha hecho para sí templos espirituales, y juntemos nuestras voces con la súplica fraterna de los santos.

El diácono dice:

Pongámonos de rodillas.

E, inmediatamente, el obispo se arrodilla ante su sede; también los demás se arrodillan.

Entonces, se cantan las letanías de los santos.

Letanías de los Santos.


Acabadas las letanías, el obispo (si está arrodillado, se pone de pie), con las manos extendidas, dice:

Te pedimos, Señor, que, por la intercesión de la santa Virgen María y de todos los santos, aceptes nuestras súplicas, para que este lugar que va a ser dedicado a tu nombre sea casa de salvación y de gracia, donde el pueblo cristiano, reunido en la unidad, te adore con espíritu y verdad y se construya en el amor.

Por Jesucristo nuestro Señor.

R/ Amén.

El diácono dice:

Pueden levantarse.

Y todos se ponen de pie.

El obispo vuelve a ponerse la mitra


Colocación de las reliquias

Si se van a colocar debajo del altar algunas reliquias de mártires o de otros santos, el obispo va al altar. Un diácono o un presbítero lleva las reliquias al obispo, quien las coloca en el sepulcro preparado para recibirlas.


 Oración de dedicación

Hecho lo anterior, el obispo, de pie y sin mitra, junto a la cátedra o junto al altar, dice en voz alta:

Oh Dios, santificador y guía de tu Iglesia, celebramos tu nombre con alabanzas jubilosas, porque en este día tu pueblo quiere dedicarte, para siempre, con rito solemne, esta casa de oración, en la cual te honra con amor, se instruye con tu palabra y se alimenta con tus sacramentos.

Este edificio hace vislumbrar el misterio de la Iglesia, para presentarla ante sí como Esposa llena de gloria, como Virgen excelsa por la integridad de la fe, y Madre fecunda por el poder del Espíritu.

Es la Iglesia santa, la viña elegida de Dios, cuyos sarmientos llenan el mundo entero, cuyos renuevos, adheridos al tronco, son atraídos hacia lo alto, al reino de los cielos.

Es la Iglesia feliz, la morada de Dios con los hombres, el templo santo, construido con piedras vivas, sobre el cimiento de los Apóstoles, con Cristo Jesús como suprema piedra angular.

Es la Iglesia excelsa, la Ciudad colocada sobre la cima de la montaña, accesible a todos, y a todos patente, en la cual brilla perenne la antorcha del Cordero y resuena agradecido el cántico de los bienaventurados.

Te suplicamos, pues, Padre santo, que te dignes impregnar con santificación celestial esta iglesia y este altar, para que sean siempre lugar santo y una mesa siempre lista para el sacrificio de Cristo.

Que en este lugar el torrente de tu gracia lave las manchas de los hombres, para que tus hijos, Padre, muertos al pecado, renazcan a la vida nueva.

Que tus fieles, reunidos junto a este altar, celebren el memorial de la Pascua y se fortalezcan con la palabra y el cuerpo de Cristo.

Que resuene aquí la alabanza jubilosa que armoniza las voces de los ángeles y de los hombres, y que suba hasta ti la plegaria por la salvación del mundo.

Que los pobres encuentren aquí misericordia, los oprimidos alcancen la verdadera libertad, y todos los hombres sientan la dignidad de ser hijos tuyos, hasta que lleguen, gozosos, a la Jerusalén celestial.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

R/ Amén.


Unción del altar y de los muros de la iglesia

Luego, el obispo se quita, si es necesario, la casulla y toma un gremial, va al altar con los diáconos y otros ministros, uno de los cuales lleva el recipiente con el crisma, y procede a la unción del altar y de los muros de la iglesia, tal como se describe más adelante.

Si el obispo quiere asociarse, en la unción de los muros, a algunos de los presbíteros que concelebran con él el rito sagrado, terminada la unción del altar, les entrega los recipientes con el sagrado crisma y procede con ellos a realizar las unciones.

El obispo puede encomendar también esta unción de los muros a los presbíteros para que la hagan ellos solos, en cuyo caso, después de la unción del altar, les hace entrega de los recipientes con el santo crisma.

El obispo, de pie ante el altar, dice en voz alta:

El Señor santifique con su poder

este altar y esta casa que vamos a ungir,

para que expresen con una señal visible

el misterio de Cristo y de la Iglesia.

Luego, vierte el crisma en el medio y en los cuatro ángulos del altar, y es aconsejable que unja también toda la mesa.

A continuación, unge los muros de la iglesia, signando con el santo crisma las doce o cuatro cruces adecuadamente distribuidas, con la ayuda, si se juzga oportuno, de dos o cuatro presbíteros.

Antífona Unción.


Incensación del altar y de la iglesia

Después del rito de la unción, se coloca sobre el altar un brasero para quemar incienso o aromas, o, si se prefiere, se hace sobre el altar un montón de incienso mezclado con cerillas. El obispo echa incienso en el brasero o con un pequeño cirio que le entrega el ministro enciende el montón de incienso, diciendo:

Suba, Señor, nuestra oración

como incienso en tu presencia

y, así como esta casa se llena de suave olor,

que en tu Iglesia se aspire el aroma de Cristo.

Entonces, el obispo echa incienso en los incensarios e inciensa el altar. Luego, vuelve a la cátedra, es incensado y se sienta. Los ministros, pasando por la nave de la iglesia, inciensan al pueblo y los muros.

Antífona Incensación.


Iluminación del altar y de la iglesia

Terminada la incensación, cubren el altar con el mantel y lo adornan, según sea oportuno, con flores; colocan adecuadamente los candelabros con los cirios requeridos para la celebración de la misa y también, si es del caso, la cruz.

Después, el diácono se acerca al obispo, el cual, de pie, le entrega un pequeño cirio encendido, diciendo en voz alta:

Brille en la Iglesia la luz de Cristo

para que todos los hombres lleguen a la plenitud de la verdad.

Luego, el obispo se sienta. El diácono va al altar y enciende los cirios para la celebración de

la eucaristía.


Liturgia Eucarística

Canto ofrendas.


Oración sobre las ofrendas

Descienda, Señor y Dios nuestro,

tu Espíritu Santo sobre este altar,

para que santifique los dones de tu pueblo

y purifique el corazón

de quienes van a participar de ellos.

Por Jesucristo nuestro Señor.

R/ Amén.


Prefacio

“El Altar es Cristo”


V/ El Señor esté con vosotros.

R/ Y con tu espíritu.

V/ Levantemos el corazón.

R/ Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V/ Demos gracias al Señor, nuestro Dios.

R/ Es justo y necesario.


En verdad es justo y necesario,

es nuestro deber y salvación

darte gracias

siempre y en todo lugar,

Señor, Padre santo,

Dios todopoderoso y eterno,

por Cristo, Señor nuestro.


El cual, verdadero sacerdote y verdadera víctima,

nos mandó celebrar continuamente

el memorial del sacrificio

que te ofreció en el altar de la cruz.

Por eso tu pueblo ha erigido este altar

que hoy, llenos de júbilo, te dedicamos.


Éste es, en verdad, el lugar santo

donde se ofrece incesantemente el sacrificio de Cristo,

se te tributa una alabanza perfecta

y se lleva a cabo nuestra redención.


Ésta es la mesa del banquete festivo

en el que tus hijos,

alimentados con el Cuerpo de Cristo,

son incorporados a la unidad de tu santa Iglesia.


Aquí los fieles beben tu Espíritu

en las aguas que brotan

de la roca espiritual, que es Cristo,

por quien son transformados

en ofrenda santa y altar vivo.


Por eso, Señor,

nosotros, con todos los ángeles y santos,

te alabamos, llenos de júbilo, diciendo:


Santo.


Plegaria Eucarística III

El Obispo, con las manos extendidas, dice:

Santo eres en verdad, Padre, y con razón te alaban todas tus criaturas, ya que, por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro, con la fuerza del Espíritu Santo, das vida y santificas todo, y congregas a tu pueblo sin cesar, para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta el ocaso.

Junta las manos y, manteniéndolas extendidas sobre las ofrendas, dice:

Por eso, Padre, te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos separado para ti,

Junta las manos y traza el signo de la cruz sobre el pan y el cáliz conjuntamente, diciendo:

de manera que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro,

Junta las manos.

que nos mandó celebrar estos misterios.


En las fórmulas que siguen, las palabras del Señor han de pronunciarse claramente y con precisión, como lo requiere la naturaleza de las mismas palabras.

Porque él mismo, la noche en que iba a ser entregado,

Toma el pan y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue:

tomó pan, y dando gracias te bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:

Se inclina un poco.

TOMEN Y COMAN TODOS DE ÉL,

PORQUE ESTO ES MI CUERPO,

QUE SERÁ ENTREGADO POR USTEDES.

Muestra el pan consagrado al pueblo, lo deposita luego sobre la patena y lo adora, haciendo genuflexión.


Después prosigue:

Del mismo modo, acabada la cena,

Toma el cáliz y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue:

tomó el cáliz, dando gracias te bendijo, y lo pasó a sus discípulos, diciendo:

Se inclina un poco.

TOMEN Y BEBAN TODOS DE ÉL,

PORQUE ÉSTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE,

SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA,

QUE SERÁ DERRAMADA

POR USTEDES Y POR MUCHOS

PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS.

HAGAN ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA.

Muestra el cáliz al pueblo, lo deposita luego sobre el corporal y lo adora, haciendo genuflexión.


Luego dice

Éste es el Sacramento de nuestra fe.

Y el pueblo prosigue, aclamando:

Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!


Después el Obispo, con las manos extendidas, dice:

Así, Padre, al celebrar ahora el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable resurrección y ascensión al cielo, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos, en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo.

Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia, y reconoce en ella la Víctima

por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad, para que, fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu.


C1

Que él nos transforme en ofrenda permanente, para que gocemos de tu heredad junto con tus elegidos: con María, la Virgen Madre de Dios,

su esposo san José, los apóstoles y los mártires, y todos los santos,

por cuya intercesión confiamos obtener siempre tu ayuda.


C2

Te pedimos, Padre, que esta Víctima de reconciliación traiga la paz y la salvación al mundo entero.

Confirma en la fe y en la caridad a tu Iglesia, peregrina en la tierra: a tu servidor, el Papa Inocencio, al Orden episcopal, a los presbíteros, y a los demás diáconos, y a todo el pueblo redimido por ti.

Atiende los deseos y súplicas de esta familia que has congregado en tu presencia.

Reúne en torno a ti, Padre misericordioso, a todos tus hijos dispersos por el mundo.

A nuestros hermanos difuntos y a cuantos murieron en tu amistad recíbelos en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria,

Junta las manos

por Cristo, Señor nuestro, por quien concedes al mundo todos los bienes.


El Obispo junto a un diacono o un concelebrante toma la patena con el pan consagrado y el cáliz y, sosteniéndolos elevados, dice.

Por Cristo, con él y en él,

a ti, Dios Padre omnipotente,

en la unidad del Espíritu Santo,

todo honor y toda gloria

por los siglos de los siglos.

El pueblo aclama:

Amén.


Rito de la Comunión

Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:

Padre Nuestro.


Solo el Obispo, con las manos extendidas, prosigue diciendo:

Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.

El pueblo concluye la oración aclamando:

Tuyo es el Reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor.


Después el Obispo, con las manos extendidas, dice en voz alta:

Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: «La paz les dejo, mi paz les doy», no tengas en cuenta nuestros pecados sino la fe de tu Iglesia, y, conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad.

Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

R/ Amén.


El Obispo, vuelto hacia al pueblo, extendiendo y juntando las manos, añade:

La paz del Señor esté siempre con ustedes.

R/ Y con tu espíritu.


El diácono, o un sacerdote, invita a compartir el signo de paz:

Como hijos de Dios, intercambiemos ahora un signo de comunión fraterna.


Cordero.


El Obispo hace genuflexión, toma el pan consagrado y, sosteniéndolo un poco elevada sobre la patena o sobre el cáliz, de cara al pueblo, dice con voz clara:

Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

Dichosos los invitados a la cena del Señor.

R/ Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.


Antífona de Comunión.


Terminada la distribución de la Comunión, el Obispo lleva al Sagrario la reserva del Santísimo Sacramento, lo coloca y termina incensando el mismo. Luego vuelve a la Sede.


Oración después de la comunión

Concédenos, Señor,

acercarnos siempre a tus altares,

donde se celebra el sacramento de la eucaristía,

para que, unidos por la fe y el amor,

al alimentarnos de Cristo,

nos transformemos en él.

Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

R/ Amén.


Palabras de agradecimiento del Obispo Prelado.


Veneración de la Imagen de Nuestra Señora de los Ángeles

El Obispo toma el incensario e inciensa la Imagen.


Antífona Mariana

Salve, Reina de los cielos y Señora de los ángeles;

salve raíz, salve puerta, que dio paso a nuestra luz.

Alégrate, Virgen gloriosa, entre todas la más bella;

salve, oh hermosa doncella, ruega a Cristo por nosotros.


Bendición Solemne

El Obispo:

Dios, Señor del cielo y de la tierra que los ha reunido hoy para la dedicación de esta iglesia los colme con la abundancia de su bendición.

R/ Amén.


El Obispo:

Él, que quiso congregar por medio de su Hijo único a todos sus hijos dispersos, les conceda ser templo y morada del Espíritu Santo.

R/ Amén.


El Obispo:

Él, que los ha purificado habite en ustedes, y les conceda alcanzar, junto con todos los santos, la felicidad eterna,

R/ Amén.


El Obispo:

Y la bendición de Dios todopoderoso,

Padre, Hijo y Espíritu Santo,

descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

R/ Amén.


El Diacono o un concelebrante envía al pueblo:

La alegría del Señor sea nuestra fuerza. Pueden ir en paz.

R/ Demos gracias a Dios.


Canto de Envío.




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